Viene a mi memoria un reloj plateado, el típico despertador de antaño, con hermosos números negros
recuerdo como todas las noches, como un autómata, mi padre le daba cuerda.
¡ mi padre !, ya se fue, ya acabó su tiempo; tiempo, tiempo, tiempo
Tiempo alegre, tiempo precioso, tiempo rápido, tiempo triste, tiempo lento.
¿Quién lo mide?, esa maquinita llamada reloj, puede que si, puede que no.
Cuando el tiempo de espera, se nos hace eterno, una cita, un viaje, una operación, un examen, la
dulce espera del alumbramiento, ahí el medidor universal, no cuenta para calcular esas esperas inter-
minables, esos segundos que parecen horas, esa sensación de vacio, de la nada d que no pasa el tiempo.
Y también hay instantes veloces como el rayo, que pasan en un abrir y cerrar de ojos, que apenas
nos da tiempo de disfrutar, que se nos escapan de las manos, a veces como la vida misma.
Afortunadamente hay señales que nos hacen recuperar esos momentos, ahí tampoco el reloj
pinta nada, nos abstraemos en los recuerdos, imaginamos de nuevo aquellos tiempos, curiosamente
esos gestos quedan gravados en nuestras retinas, como aún yo los tengo, viendo a mi padre darle vida
al tiempo, y afortunadamente y sin saber como ni porque, conservo ese reloj, al que también se le
acabó su tiempo.
Bonita y profunda reflexión.
ResponderEliminar